Tomás Alvarez - Periodista y escritor

Al sur del Sur

Tomás Alvarez rememora el paso de Darwin por Patagonia y Tierra del Fuego, en un reportaje que publica la revista de Paradores, en la primavera de 2011
cargando
Revista de Paradores

Bahía Wulaia

Bahia Ainsworth

Pan de Indio (Cyttaria Darwinii)

Focas en Cabo de Hornos

El lugar más intacto de los que recorrió Charles Darwin –el autor que revolucionó la ciencia con su Teoría de la Evolución- está en el confín más sureño del mundo, en los territorios de Patagonia y Tierra del Fuego.

Belleza y tragedia

Es éste un espacio que evoca belleza y tragedia; un mundo donde la naturaleza se muestra magnífica, con su complicada geografía de islas y canales, sus abruptos horizontes dominados por picos y glaciares y una naturaleza en la que elefantes marinos, focas o pingüinos son dueños de espacios en los que rara vez aparece el hombre.

Pero también es territorio de tragedia; territorio de vientos que encrespan los mares y cobran tributos de vidas y barcos. Se dice que unos 800 navíos han terminado sus singladuras por estas aguas indómitas. El propio Hernando de Magallanes conoció la dentellada de la costa austral en 1520, cuando perdió la nao Santiago, y seis años más tarde por aquí naufragó la Sancti Spiritus de Elcano, encabezando un largo listado en el que hay hasta una embarcación del pirata Drake.

Sin embargo, la mayor tragedia fue la que acabó con la población indígena: los Tehuelches más sureños, Alakaluf, Onas, Yaganes y Hush; indios magníficos en su libertad salvaje, pero que desaparecían “con los delicados presentes que les enviaban los hombres que se dicen civilizados: balas, Winchester, tuberculosis y otras enfermedades infecciosas”, tal como dice Nahuel Montes en un libro sobre leyendas de la Patagonia.

En los extremos de esta naturaleza magnífica se hallan dos ciudades: Punta Arenas, y Ushuaia, que testifican el esfuerzo del hombre por conquistar las “extremaduras” del mundo, y un cabo, el de Hornos, que está en la cosmogonía de todos los navegantes.

Doscientos años después del nacimiento de Darwin, la compañía chilena Australis, organiza un crucero por estos territorios, en el que recuerda el paso del naturalista, visitando lugares recorridos por el bergantín Beagle a lo largo del extremo sur del continente, en los años treinta del siglo XIX, viaje que sirvió para que el estudioso inglés conociese directamente aspectos de la geología, fauna y flora, que le sirvieron para esbozar su teoría evolutiva.

No se trata del tradicional crucero, sino de una oferta turística que aúna ocio, aventura y ciencia, y que permite el conocimiento de fauna y flora, y el acercamiento a lugares míticos del recorrido del Beagle, como el cabo de Hornos o la bahía Wulaia, donde los ingleses intentaron inútilmente hacer un poblado “civilizado”.

Desde Punta Arenas

El viaje parte de Punta Arenas, capital de la región Magallánica y Antártica de Chile, construida con un plano de damero similar al estilo de las viejas ciudades coloniales españolas, con una atmósfera limpia, ecos de vientos y un aire que recuerda a los poblados del Oeste americano. En su cementerio, los soberbios mausoleos dan fe de una estirpe de pioneros.

Prosigue la ruta por el estrecho de Magallanes en dirección a la Bahía de Ainsworth, en el entorno del glaciar Marinelli, en el campo de hielo de la cordillera Darwin, cuya zona de ablación testimonia uno de los mayores retrocesos –más de 10 kilómetros- en el último medio siglo.

En la bahía de Ainsworth, el viajero se encuentra ante una pacífica familia de elefantes marinos. El macho dominante destaca en medio de ella, con su llamativa probóscide y su voluminoso cuerpo. En torno a él, las madres alimentan con su leche rica en grasa a unas crías que llegan al mundo con unos 40 kilogramos, peso que duplican en apenas diez días. En el entorno, entre témpanos de hielo, a veces nadan algunos machos jóvenes, ante la mirada recelosa del ejemplar dominante.

En este ámbito y el de los cercanos islotes Tuckers, el viajero se sorprende al contemplar también los pingüinos magallánicos, caiquenes, patos vapor, cóndores, chimangos o colonias de cormoranes. La naturaleza luce en todo su esplendor, como en los días del Darwin.

Tras otro desembarco en el glaciar Pía, el avance del navío continúa entre glaciares por el Canal Beagle, el estrecho de Murray para sobrepasar las islas Wollaston, llegando al Cabo de Hornos, el extremo austral de los continentes, descubierto en 1525 desde la carabela San Lesmes, que conducía el marino Francisco de Hoces.

Cabo de Hornos

Aparentemente, Cabo de Hornos no tiene un atractivo especial, pero su cualidad de tierra más austral, la climatología cambiante y dura y sus aguas violentas lo han inscrito en la historia y en los mitos. En los roquedos se pueden contemplar las colonias de focas, y arriba, junto al faro, reside la familia que ocupa el punto más extremo del mundo. El farero, Patricio, permanece allí con su mujer y sus dos hijos. Las autoridades chilenas exigen que a este puesto sólo accedan personas casadas y con un mínimo de dos hijos, el menor al menos con tres años de edad. Los niños estudian con la ayuda de los padres y mediante el ordenador, pero no pueden jugar fuera de casa. Patricio advierte que los vientos suelen sobrepasar por allí los 40 nudos y que ello desaconseja los juegos en el exterior. Admite que es un lugar tremendamente solitario de abril a septiembre, y resalta que se siente muy acompañado con el libro más leído del mundo: “la Biblia”.

De vuelta hacia el norte, el navío para ante la bahía Wulaia, frente magníficos paisajes en los que crecen lengas, coihues, canelos y calafates, bosques que están empezando a destrozar ejemplares de una especie animal ajena a estos pago: los castores.

Pero Wulaia está íntimamente ligada también al viaje de Darwin y a la historia de otro personaje célebre: Jimmy Button.

Button era uno de los indígenas australes capturados por Robert Fitz Roy en el primer viaje del Beagle(1830) y enviados luego a Inglaterra para recibir educación. En el segundo viaje del Beagle (1832-1836) –el de Darwin- se intentó infructuosamente establecer un núcleo poblado en Wulaia, con estos pobladores y el joven catequista Richard Matews. El intento fue un fracaso, lo mismo que otros posteriores que terminaron con una matanza(1859) en la que participó el mismo Jimmy Button, quien había retornado a su vida tribal.

Button –que durante su estancia en Inglaterra había conocido incluso a los monarcas británicos- ha pasado a la historia como uno de los prototipos que prefieren una vida de canoero salvaje a la civilizada.

Ushuaia

El viaje del Australis retorna hacia el norte, por el canal Murray, para llegar a Ushuaia, la capital argentina del territorio de Tierra del Fuego y la Antártica, ubicada en el un recodo del canal Beagle. Allí hubo un establecimiento que encabezó el sacerdote anglicano Tomas Bridges, hasta que en 1884 se ubicó una subprefectura argentina. Argentina compensó a Bridges con una gran estancia. Fue la primera de Tierra del Fuego en la que se introdujo el ganado vacuno y lanar. Luego llegaron nuevos colonos. Los indios encontraron en las estancias -sus territorios tradicionales- una caza más fácil que la del guanaco: las ovejas. Y los estancieros, a su vez, descubrieron la caza del indio. Un drama.

Una cruz lastra la imagen de Ushuaia: el presidio, la cárcel que funcionó allí hasta la primera mitad del siglo XX, para delincuentes de alta peligrosidad y presos políticos. Apenas necesitaba grandes medidas de protección: la climatología y el aislamiento hacían prácticamente imposible la fuga. Ahora el centro alberga una zona museística dedicada al mundo marinero y al carcelario.

Pero Ushuaia es hoy una activa ciudad, con notable vida portuaria, enclavada en un bello entorno donde se funde mar y montaña, al lado de las pistas de esquí más australes del mundo; un buen lugar para disfrutar de la gastronomía del mar o del típico cordero asado en cruz. La belleza se disfruta aún más con los buenos yantares.

Tomás Alvarez

Con fotografías de Beatriz Alicia Alvarez

Dentro de Lo nuevo