Tomás Alvarez - Periodista y escritor

La gran escalera zigzagueante

Artículo de Tomás Álvarez, en el País (El Viajero) evocando el alma de Braga(Portugal) como síntesis de dos templos: San Fructuoso y el Bom Jesús
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Bom Jesus, en Braga. guiarte.com

San Fructruoso, de Braga. Guiarte.com

San Fructuoso, Braga. Guiarte.com

Bom Jesus, en Braga. guiarte.com

Tomás Alvarez

Ubicada en un rincón del noroeste portugués, Braga pasa relativamente desapercibida. No tiene playas, ni puerto, ni un equipo de fútbol de la Champions como la cercana Oporto, ni es patrimonio mundial como la vecina Guimarães. Sin embargo, Braga tiene un alma de eternidad que se detecta al pasear por sus calles, en las que la piedra granítica reverdecida por la humedad y la ampulosidad barroca de conventos y templos recuerda a Santiago de Compostela.

También tiene Braga una sacralidad que se arraiga en tiempos muy lejanos. Se descubre al lado mismo de la avenida da Liberdade, en la Fonte do Ídolo, donde permanecen vestigios de la espiritualidad prerromana, materializada en torno al dios Tondoenabiago. Ese antiguo pálpito religioso de Braga se afianzó en el medioevo, época desde la cual su arzobispo sostiene el título honorífico de primado de las Españas.

El poder religioso de esta ciudad, capital del antiguo reino de los suevos y centro religioso del Reino de León, se manifiesta en la Sé (catedral), un muestrario de siglos de poder y fe que se inicia con un románico vigoroso, pero que convive con arquitecturas y objetos mozárabes, góticos, manuelinos o barrocos...

Pero hay dos monumentos dispares que sintetizan el alma de esta urbe primada. Son muy diferentes en el tamaño, en el tiempo, en la concepción artística y en la manifestación de la religiosidad. Son dos mundos que se entroncan y complementan: el santuario del Bom Jesús do Monte y la iglesia de San Fructuoso de Montelios.

El primero es el prototipo del barroco portugués, la opulencia, la teatralidad y la grandeza; el segundo, realizado en tiempos visigóticos y de pequeño tamaño, conserva la esencia de la arquitectura romana y está cargado de espiritualidad, sencillez y belleza. Ambos resumen la esencia de la historia de Braga, romana y episcopal.

San Fructuoso de Montelios

Al noroeste de la ciudad, en el extrarradio, San Fructuoso de Montelios es una joya visigótica, dañada en tiempo de los árabes y afectada por diversas reconstrucciones desde el siglo XI. Posee una planta de cruz griega e influencia bizantina. Los brazos tienen forma cuadrada, vistos desde el exterior; pero todos, salvo el occidental, contienen en su interior un ábside con planta de herradura. Cada brazo se une al transepto mediante tres arcadas de herradura. En el punto de encuentro de los brazos se alza una poderosa linterna.

Adosado a una iglesia barroca dedicada a San Francisco, este bello templo fue redescubierto en 1897. Su estructura e imagen exterior recuerdan al mausoleo de Gala Placidia en Rávena. En sus líneas severas, destaca esa decoración compuesta por arquerías ciegas, que alternan arcos de medio punto y triángulos, sobre las que se presentan frontones triangulares.

Al igual que el de Rávena, este edificio fue lugar de enterramiento. En él reposaron los restos del santo que lleva su nombre, monje y reformador berciano a quien el rey godo Recesvinto impidió marchar a los Santos Lugares, y que acabaría siendo arzobispo de Braga y metropolitano de buena parte de Hispania.

Este magnífico templo suele estar solitario. Se accede a él desde la iglesia de San Francisco. En el transepto, se pueden contemplar los sólidos sillares y las finas columnas. Solo la decoración aparece en los capiteles corintios de factura visigótica y en el friso que discurre a la altura de los capiteles. En el silencio y el frescor de la soledad se siente el pálpito de la Edad Media y aun de la romanidad.

El Bom Jesús do Monte

Justo al otro lado de la ciudad, a unos cinco kilómetros del centro, se alza el santuario del Bom Jesús do Monte, tal vez la iglesia más fotografiada de Portugal, con su inmensa escalinata de tonos blancos y grises —encalados y granito— que asciende en medio del verdor de la colina hacia una altura en la que destaca el templo, de porte catedralicio.

Es la antítesis de la espiritualidad de San Fructuoso. En torno al complejo del Bom Jesús hay un trajín de coches que ascienden por la sinuosa carretera, bullicio de fieles y curiosos que pasean entre la arboleda, gentes que entran y salen del santuario, devotos que suben las largas escaleras de rodillas.

Todo es aparatoso, escenográfico, barroco. El Bom Jesús es como un parque temático en torno a una escalera zigzagueante tan bella como monumental, en la que se hallan una serie de capillas que aluden al viacrucis, los sentidos y a las virtudes, en un recorrido que se plantea como camino de perfección, en el que están los sacrificios de los fieles, los mensajes religiosos y las fuentes, que no son sino alusiones a la gracia purificadora.

La escalera, iniciada en 1722, por el arzobispo don Rodrigo de Moura Telles, fue finalizada unos sesenta años más tarde. Si el viajero no desea utilizar esta vía, siempre le queda el uso del funicular de cremallera, originario de 1882 y construido por Nikolaus Riggenbach, primer artefacto de este tipo montado en la península Ibérica, y que salva un desnivel de 116 metros, ayudado por un sistema de contrapeso hidráulico.

Carlos Luís Ferreira da Cruz Amarante fue el excelente arquitecto de la iglesia que corona el conjunto monumental. Su obra se inició en el final del XVIII y los textos afirman que es neoclásica. Pero en realidad reúne elementos barrocos, visibles tanto en las líneas de la fachada como en su interior, con planta de cruz latina y una gran linterna octogonal sobre el transepto.

La fachada es magnífica, con torres airosas que enmarcan un cuerpo central de dos niveles; el inferior realzado por cuatro columnas toscanas y el superior dividido también por pilastras jónicas y ennoblecido por diversas estatuas: Isaías, Jeremías y los cuatro evangelistas.

En el interior asombra la luminosidad conseguida por dos hiladas de ventanas. Pero lo más espectacular es el entorno del retablo, un escenario barroquizante en el que destacan cuatro monumentales columnas corintias ante un espacio semicircular donde se representa un enorme calvario. El conjunto rebosa teatralidad barroca.

En el Bom Jesús los fieles animados deambulan sin cesar. Desde las alturas, se contempla la conurbación de Braga... Y el viajero se acuerda de ese otro templo recoleto y antiguo construido en los días de san Fructuoso, en el que pervive otro espíritu y otro mundo. La síntesis de los dos es Braga, la vieja Bracara Augusta.

La Guía de Braga, en guiarte.com

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