Tomás Alvarez - Periodista y escritor

Nueva York: la fragilidad del mito

Una visión de la gran ciudad, con textos y fotografías de Tomás Alvarez
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Nueva York. Estatua de la Libertad.

Nueva York, entre la bruma

Nueva York. Times Square

Por Tomás Alvarez

He de confesar, de entrada, que no comparto esa admiración general que despierta la ciudad de los rascacielos; no estoy de acuerdo con la mayoría de quienes ven en Nueva York la magia de la modernidad. Es más, cuando contemplo a esta ciudad no puedo dejar de sentir un halo de inquietud y de melancolía.

He sufrido a cientos de entusiastas que quedan boquiabiertos cuando alguien habla o menciona el nombre de Nueva York; gentes que traen inmediatamente a colación los escenarios de series y multitud de películas, desde los años treinta (King Kong o Una noche en la ópera, por ejemplo) hasta la actualidad.

La lista de obras que han promocionado a esta urbe es inmensa, y en ella van desde filmes míticos como Manhattan, West Side Story o Desayuno con Diamantes, a series populares como Friends o Sexo en Nueva York. Los personajes de El Padrino, Caza Fantasmas, las Tortugas Ninja, los divertidos protagonistas de Masdagascar o superhéroes como Superman o Spiderman… todos pasan en algún momento por esta urbe que se ha trocado por ello en icono del siglo XX.

Estamos en época de mitos de la cultura popular, mitos creados desde los ámbitos comunicativos, que implantan en la generalidad de los mortales desde formas de pensamiento a pautas estéticas y de consumo globales. Al igual que ha ocurrido en el ámbito de la gastronomía, donde hemos asistido a la implantación global de un tipo de comidas rápidas y formateadas que se ofrecen en restaurantes y supermercados de todos los países, ocurre en otros campos como el turismo... o la cultura, en los que se ofrecen “productos” de aceptación tan universal como irreflexiva. ...De esta forma se entronizan en el imaginario colectivo desde la comida rápida de McDonalds, al café de Starbuks, la pintura de Jackson Pollock, las películas de Disney o ciudades como Nueva York.

Existe todo un proceso comunicativo organizado por la industria cultural, que bombardea al ser humano y le inculca mensajes de los que ya difícilmente se desprenderá. Pues bien, esa industria cultural no ha parado en un siglo de “vender” las maravillas de esta gran ciudad, ocultando que en su grandeza se encierra su propia miseria.

Sí. Esa industria cultural ha mitificado a Nueva York, y por eso, la mayoría de mis amigos me mira de forma extraña cuando digo que esta desafinada sinfonía de rascacielos no es sino una excrecencia de nuestra propia civilización, una excrecencia que no pasará a la historia como pasó Roma, con visos de eternidad, sino como algo volátil, fungible, producto de un tiempo de ambición y desmesura. Frente a los fervientes admiradores de la urbe, algunos poetas han visto su esencia con claridad. Nueva York es más bien una ciudad de sangre encadenada y cieno, como decía Lorca:

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean en las aguas podridas.

Sobre el cieno del sur de Manhattan se alzan los rascacielos del barrio financiero. Los edificios de Wall Street son poderosos, tan altos que apenas dejan un resquicio para el cielo. En medio del orgasmo del dólar y el cemento se echa de menos el verdor de la vida, el grito del niño y el canto del pájaro.

Jean Dubuffet lo entendió perfectamente cuando plantó su gran escultura de poliuretano, “Cuatro Árboles”, ante el Chase Manhattan Bank. Árboles blancos y de poliuretano para las estrechas calles del barrio financiero, con objeto de compensar la grisura del cemento y la frialdad del oro.

Aunque la escultura más popular del entorno es el toro que hizo Arturo di Modica, y que se halla entre Wall Street y Batery Park, inclinado, agresivo, exhibiendo unos grandes testículos relucientes, inmensos badajos dorados que llaman la atención de los viajeros, quienes hacen cola para fotografiarse ante este icono del barrio, más cercano al mundo poder y del sexo que al del arte.

Tanto el icono que ha realizado Arturo di Modica, como los grandes edificios del barrio, son también símbolos de la fuerza, por encima de la inteligencia.

La Zona Cero

Escribo esto cuando los diarios anuncian que la torre más alta del nuevo World Trade Center, que se construye allí donde estaban las Torres Gemelas, de trágico recuerdo, ya supera la altura del Empire State, el mayor rascacielos neoyorquino desde los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001.

La torre continuará creciendo hasta alcanzar los 541 metros, 1776 pies. Esta última cifra es simbólica, porque coincide con el año de la Independencia de EE.UU. Pero por encima de un simbolismo nacionalista de corto alcance (todos los imperios nacen y mueren) debiera haber primado otra consideración más seria y que la sociedad parece ignorar: Es una locura seguir empecinados en la construcción de estas moles gigantescas que representan más un símbolo del poder económico y de la fuerza que de la inteligencia. A Nueva York le sentaría mejor la racionalidad de un espacio verde, o unas casitas bajas rodeadas de jardín.

El atentado del 11S mostró al mundo la inconsistencia de esos enormes edificios que se elevan altivos, pero con fecha de caducidad: aquella que marquen los daños del tiempo y los azares de las grandes catástrofes naturales …o la locura del propio ser humano. El 11S nos mostró la irracionalidad de crear inmensos hormigueros humanos de los que no hay salida en caso de catástrofe. Pero lejos de reflexionar… los seres humanos se obstinan en desafiar al destino, creando hormigueros con mayor capacidad. Dios ciega a los ebrios de poder.

Muy cerca de donde se alzan los nuevos rascacielos de la Zona Cero, está la Trinity Church, cuya efigie neogótica ha quedado empequeñecida por los edificios circundantes. A su lado, en el viejo cementerio de lápidas ennegrecidas, reposan eternamente algunos de los que habitaron aquí en los lejanos tiempos en que esta ciudad se llamaba Nueva Amsterdam. El recinto tiene un aspecto misterioso, por su paz y su verdor. Es una reliquia que nos habla del paso del tiempo. Si la voracidad urbanística no acaba con este remanso… las viejas lápidas seguirán enhiestas cuando los altos edificios se derrumben.

El monstruo mutante

Nueva York es como un inmenso monstruo en permanente muerte y regeneración. Lo ha sido así desde su origen, en el que barrios de prestigio social iban siendo abandonados por la burguesía a medida que entraban en decrepitud, para ser ocupados por nuevos residentes más proletarizados. Pero no será lo mismo la decrepitud de un edificio de tres alturas en China Town, que la del Rockefeller Center. Esta mudanza hacia el norte ha funcionado bien mientras la ciudad disfruta del poderío derivado de la capitalidad económica mundial… Pero esa circunstancia pasa, como pasó el predominio de otras ciudades, desde Roma a Constantinopla, Venecia o Amberes. China está cerca ya de ocupar un liderazgo absoluto mundial, y otras urbes –tal vez Shanghai o Hon Kong- relevarán pronto (en términos históricos) el poderío neoyorquino.

El brillo de Nueva York está íntimamente ligado monetario. Es cierto que en sus instituciones financieras se controla el devenir de los países, que en sus museos están desde las obras del Greco a las de Renoir o Picasso… pero no hay nada más volátil que la finanzas; no hay nada con más miedo que el dinero, y en algún momento de la historia ese miedo marcará el ocaso de la urbe.

En la pequeña plaza del Rockefeller Center, mientras contemplo a los patinadores que se ejercitan ante la estatua dorada de Prometeo (otra vez el brillo del oro) siento, como espíritu crítico y sensible, la incongruencia de ese mínimo espacio público con las moles que le rodean. La estética queda herida por la desmesura. Y hasta la famosa escultura que realizó Paul Manship parece querer iniciar un vuelo con sus brazos extendidos, con el fin de huir de la opresión del hormigón.

Apoyado en la barandilla, pienso en la terrible vejez de estas edificaciones, en sus días difíciles. …Porque los edificios también mueren, y no es lo mismo el final de la Domus Aurea o del Coliseo romano que el de cualquiera de las inmensas construcciones de aire cuartelario que rodean la microplaza.

Mientras dure la bonanza, resistirá el brillo de Manhattan… pero solo ese tiempo. Aún en la bonanza, el viajero que recorre los extrarradios se percata del deterioro cutre que ya afecta a otros espacios de la ciudad o zonas del entorno como Brooklyn… Si las ruinas romanas siguen revelando grandiosidad… las de Nueva York únicamente serán grandes.

No lejos de esta plaza del Centro Rockefeller está el MOMA. El recorrido por sus salas apabulla al amante del arte. Con las guerras mundiales, París perdió su capitalidad de la pintura moderna universal, y Nueva York heredó el cetro. Pero la capitalidad parisina se asentaba en siglos de arte, desde la antiguedad remota a una modernidad que arranca con la presencia de Andrea del Sarto o da Vinci y continúa con Poussin, Claudio de Lorena, Watteau, David, Ingres, Gericault, Dalacroix, Millet, Rodin, Monet, Renoir, Picasso….

La base artística de Nueva York no es comparable a la de París; simplemente, esta urbe se benefició de una oportunidad en el tiempo… Y por ello su cualidad de centro de arte se basa en la coyuntura y el poder de las finanzas que en el vigor de la sociedad y la historia.

Muchos intelectuales aluden ya a la decadencia, al acartonamiento cultural de esta urbe. Nueva York es máscara, antes que ciudad viva, aunque aún tenga una fachada de glamour, neón y papel cuché.

En ese sentido, Times Square es más que un símbolo. Mucho bullicio, mucho establecimiento de consumo global, mucha imagen de anuncio luminoso. Toda esa fachada es ficticia, los edificios reales, en algún caso decrépitos, están detrás de las pantallas luminosas que nos anuncian la Pepsi, Swatch, Dysney, Cocacola, Fridays o McDonalds.

Todo es pura fachada… un brillo fungible que perdurará sólo mientras lo sostenga el oro.

La mayor racionalidad de la gran ciudad está algo más al norte: en el Central Park, un ámbito en el que los urbanitas se rencuentran con el verdor y el agua. Central Park aporta luz y vida a esta parte de Manhattan, donde se puede contemplar el vuelo de los patos y las palomas…

Hasta el Pájaro Lunar de Joan Miró mira en dirección a ese ámbito verde salvado del cemento, a los pies del Solow Building, uno de los rascacielos que cercan el espacio verde.





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