Tomás Alvarez - Periodista y escritor

Un palacio para las hadas

“Un palacio para las hadas, en el Camino de Santiago”, un acercamiento al la creación de Antoni Gaudí en la pequeña localidad española de Astorga.
cargando
Palacio de Gaudí. ©A. Casado

Palacio de Gaudí. ©A. Casado

Palacio de Gaudí. ©A. Casado

Palacio de Gaudí. ©A. Casado

Palacio de Gaudí. ©A. Casado

Un reportaje escrito por Tomás Alvarez, con fotografías de Amando Casado, distribuido por la Agencia EFE y publicado en medios de Estados Unidos, Argentina, Paraguay, Venezuela, etc.

Por Tomás Alvarez

El milenario Camino de Santiago está lleno de arte, especialmente Románico y Gótico, pero en medio de tanta obra maestra medieval, el genial arquitecto Antonio Gaudí dejó un estallido de fantasía, un palacio que parece hecho para las hadas: El palacio episcopal de Astorga.

Casi toda la obra de Antonio Gaudí, desde la Sagrada Familia a La casa Milá o el parque Guell está en Cataluña. Tan sólo tres edificios llevó a cabo fuera de su territorio natal; de ellos, el más destacado es este palacio situado en una pequeña ciudad del noroeste español, fundada hace dos mil años por Augusto, el emperador de Roma.

Astorga, tiene encanto. Como vieja ciudad episcopal –una de las primeras sedes cristianas de Hispania- conserva arte de distintas épocas en sus iglesias y museos, esparcidos por un casco urbano pequeño y ceñido por una recia muralla de casi dos milenios de vida.

Poco antes de llegar a la pequeña urbe, los viajeros asendereados que recorren el Camino de Santiago se detienen a contemplarla desde un otero que domina el valle verdeante del río Tuerto. La ciudad se presenta ante ellos con casas de escasa altura, como aferradas a la orografía, entre las que destaca la mole catedralicia, que realza el poder divino sobre las cosas mundanas.

Si. Astorga es una ciudad en la que se denota el poderío de la religión. Lo proclama el propio edificio de la catedral, dotado de una extraordinaria fachada barroca, la más espectacular de España, junto con la del Obradoiro, de Santiago de Compostela.

En el entorno de la catedral está el palacio, cuyas obras dieron comienzo en 1889, después de que ardiese la residencia anterior.

¿Cómo llegó Gaudí a esta pequeña ciudad del occidente español? Muy sencillo: el obispo que regentaba entonces la diócesis de Astorga era natural de Reus (Tarragona) al igual que Antonio Gaudí, y ambos ya habían mantenido contactos con anterioridad.

Gaudí simultaneó las obras de Astorga con las de la Sagrada Familia de Barcelona. Para llevar un control directo no solo viajó en varias ocasiones a la ciudad sino que envió desde Cataluña a operarios familiarizados con sus realizaciones.

El genio catalán realizó en Astorga un palacio de aspecto medieval, más ajustado a las líneas neogóticas que a otros trabajos suyos. Pero en su juego innovador incorporó formas nuevas como los capiteles de estrella o las espectaculares arcadas del acceso.

Se dice incluso que para el magnífico pórtico Gaudí se inspiró también en la Torre Eiffel. La vista del edificio desde el oeste nos permite detectar ese juego, con esos arcos abocinados que se abren en medio de unos contrafuertes que se van ensanchando a medida que acceden al suelo, al igual que las patas de la torre parisina; y con esa torrecilla que adelgaza a medida que asciende.

Las torres cilíndricas coronadas por chapiteles, el foso... todo da a esta creación arquitectónica un aire romántico, aportando un eco del medioevo que eclosiona ante los lienzos severos de las murallas romanas y la estructura tardogótica de la catedral.

La funcionalidad se olvida en este palacio, que constituye un grito de fantasía en medio del Camino de Santiago. El palacio es más un sueño que una residencia episcopal, algo que no comprendió el Cabildo diocesano a la muerte del obispo (1893) lo que motivó la paralización momentánea del proyecto. Reanudadas las obras en 1907, bajo la dirección del arquitecto Ricardo Guereta, se terminó el Palacio en 1915.

Nunca ha habitado en él ningún obispo. Algún literato español, despistado en sus salas, dijo que buscaba por alguna de las estancias la tumba de Blancanieves. Actualmente, esta joya del Modernismo es un museo de arte religioso.

El palacio va orientado de noroeste a sureste; está hecho de granito blanco y con una cubierta de pizarra, materiales que le otorgan una acusada personalidad frente a las moles más rosadas de la muralla y la catedral. Tiene una forma ligeramente rectangular, con una serie de entrantes y salientes, entre los que destacan los cuatro torreones cilíndricos, uno de ellos, el del noroeste, más amplio porque sirve para ubicar en él la escalera de caracol que comunica todas las plantas. Toda esa irregularidad de la superficie exterior permite unos aportes de claridad extraordinarios.

La planta baja es una especie de cripta sostenida por grandes columna con bóvedas rebajadas; ventanales y portones que dan al foso y permiten el acceso de la luz y la ventilación. En las plantas siguientes, una de las características más notables es la abundancia de la luz, lo que nos recuerda el dominio de la técnica y estética del Gótico por el arquitecto catalán.

Ese dominio de la luz tiene su culminación en la capilla del palacio, el punto más deslumbrante. La capilla es similar a una pequeña catedral, con tres ábsides al fondo. En las paredes laterales hay frescos inspirados en tapices flamencos.

También hay una serie de revestimientos de mosaicos realizados por Daniel Zuloaga. La estancia se alegra con dos hileras de ventanales dispuestos en la cabecera, con vidrieras de temas bíblicos y marianos.

La girola se articula con unas finas columnas de granito, sobre cuyos capiteles aparecen otras tantas estatuas de santos, dos de ellos obispos de Astorga. El informe de la Real Academia, cuando se presentaron a ella los planos del palacio, fue contrario a estas columnas, que se estimaron demasiado delgadas. Gaudí no las cambió, y su permanencia acentúa la verticalidad y espiritualidad del recinto, en el que reina la claridad y la alegría.

El altar, diseñado por Juan Moya, es una pieza delicada en mármol de Carrara, sobre la que destaca una bella virgen sedente, con el niño Jesús, del escultor Enrique Marín. El conjunto es una obra maestra.

El acceso a la capilla se efectúa a través de un gran arco apuntado que un parteluz divide en dos vanos. Sobre los arcos de acceso hay una doble balconada(a la que se accede por el piso superior) que permite seguir desde allí el culto.

El edificio rebosa alegría en todas sus estancias y esa sensación gozosa viene amparada en la luminosidad, conseguida sabiamente por la arquitectura goticista y la irregularidad de las fachadas, que se aprovecha permanentemente para ubicar magníficos ventanales con diversos diseños.

Otra pieza que asombra también por su belleza y luminosidad es el comedor, una amplia estancia cubierta de bóvedas de crucería. El dominio de la luz es asombroso y demuestra la maestría y personalidad del autor

En el edificio hay –junto a la luminosidad- una permanente sinfonía de delicadas columnas que sostienen un techo reiteradamente mudéjar, en cuyas nervaduras utilizó un ladrillo vidriado de tono burdeos, realizado en unas alfarerías tradicionales de la zona, con moldes que diseñó el propio Gaudí y que se conservan aún. También tienen una acusada personalidad los capiteles, entre ellos los estrellados, que destacan en las columnas del piso principal.

Todo constituye una sinfonía sorprendente que impregna de alegría al viajero. No es raro por ello que peregrinos, turistas o las parejas de enamorados aprovechen la visita para fotografiarse ante este palacio de cuento, cuya imagen les resultará inolvidable.

Este dato lo confirman las encuestas que hechas a los caminantes que llegan a Santiago de Compostela desde cualquier punto de Europa, y no dudan en citar entre los monumentos más bellos que han encontrado en el Camino al que un día diseñó Antonio Gaudí, y que parece estar hecho para el reino de las hadas.

Dentro de Lo nuevo