Tomás Alvarez - Periodista y escritor

Dismundo.

Dismundo no es una obra menor de Rogelio Blanco, sino un trabajo magnífico para alumbrar una sociedad dura y entrañable que él conoció, que se ha ido, y de la que apenas quedan vestigios...
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Dismundo, de Rogelio Blanco

Es un mundo que pudo existir pero que ya no existe, donde los seres tienen otra consistencia especial. Mundo de pobreza, de miseria, de sacrificios, pero también de grandeza.

No es literatura costumbrista, es mucho más; no son historias de un pueblo, son mucho más. Es sociología de la pobreza y arqueología del alma, de un alma que yo sé que está en Morriondo, pero que es universal, porque es el alma de los sufrientes que parirán los proletarios de la globalización.

Rogelio describe el punto final de una sociedad que inmediatamente quedará barrida por la globalización, una crisis que se dio -se da- en España, en China, en Perú o en Kenia.

El Dismundo de Rogelio es una aldea precapitalista, en la que el hombre planta los huesos de las cerezas que roba para tener un árbol, hace con sus manos los aperos, cose la carne de un perro herido o busca en el monte las piedras para construir los pesebres.

Dismundo es un lugar donde existe una intensa vida en común, en la que los vecinos se reconocen por la forma de colocarse la boina o -con perdón- por el tamaño de sus defecaciones... un mundo donde no hay secreto que no acabe siendo descubierto... hasta por el tonto del pueblo.

Dismundo es un todo colectivo, una sociedad en la que todos lamentan la dentellada del lobo, se enorgullecen con el premio a un muchacho de la escuela o comparten el aguardiente el día del cumpleaños.

Dismundo es tierra de pobreza, pero compartida; un mundo rural que desaparece con el industrialismo y la urbanización.

El individuo de este lugar de los confines de la civilidad habita en un todo integrado con el resto del vecindario y la naturaleza; con un arraigo y unos valores sociales en los que está la compasión y la solidaridad; muy distintos de los que tendrá el ser alienado de la urbe, portador de soledades, desarraigos y aspiraciones materialistas.

Rogelio, como muchos de vosotros, como yo, está a caballo del hombre globalizado y del de la Edad de Piedra.

Hemos afilado las guadañas con la piedra arenisca y hemos trillado las mieses con lajas de silex. Hemos visto al herrero hacer azadas y cuchillos, y hemos habitado un mundo autárquico, más cercano a la ruralidad de la Edad Media que a las Tecnologías de la Información.

...Y Rogelio recupera ese mundo profundo, con lirismo y ternura, no poca objetividad.

Este autor, de profunda cultura y aspecto einsteniano, construye sus historias partiendo de una geografía de la que os voy a dar algunos datos:

Es una comarca donde se erradicó la historia y la memoria colectiva. La gente de Valdesamario no sabe que era Cepeda desde hace mil años... y los del Puerto de Manzanal no saben si son Maragatería, Bierzo o Cepeda. Sólo saben que son de un mundo de sufrimiento y escasez.

Hablando de Manzanal viene a mi memoria la descripción de George Borrow (1835/40) al pasar por allí, cuando le pregunta al muchacho de la venta si sabe leer... este le responde cáustico: Si... como aquel caballo que ve usted.

Gente cáustica, sufrida, con sabiduría socrática: sólo se que no tengo nada.

La respuesta del muchacho nos habla de una tierra, donde se erradicó la cultura.

Ésta ha sido morada de un pueblo ágrafo, de pequeños núcleos, “esclavos” del Marqués de Astorga y de siervos del obispado.

Es una tierra de donde se erradicó el patrimonio. Se desmontó el monasterio de San Bartolomé del Cueto, se perdió el castillo de Quintana, se cayó la casa señorial de La Veguellina, se cae la casa señorial de los Condes de Catres en Benamarías, se perdió en siglo XX el monasterio románico de Montealegre. Se están perdiendo los canales y explotaciones de oro romanas, la vía romana Asturica-Flavionavia(Santianes de Pravia, Aviles), la vía de Santiago por Cerezal.

Es un territorio donde se erradica al hombre. Cuando nació Rogelio había 16.000 habitantes... hoy quedamos 3.500 robinsones

Es un territorio desintegrado, un paraíso con recursos naturales, agua y un magnifico ecosistema, poblado por lobos y urogallos. Pero un también un “Molokai” sin comunicaciones. La Cepeda queda en Línea recta entre León y Ponferrada; por aquí se entra en el Bierzo sin subir puerto alguno... pero las comunicaciones evitan la comarca dando un rodeo de 30 kilómetros...

Rogelio escribe además desde la extremadura de la comarca, donde se mueren los cultivos en el estío cuando muere el agua del río Barbadiel, y donde el único recurso para saciar el hambre parecía ser la huída para servir de criado en otros pueblos o en las casas burguesas de la ciudad.

Mas, pese a la aspereza, la desintegración y la desmemoria, hay Dismundo amor, ternura, belleza y lirismo:

Sintetizo sus narraciones:

En la primera, aparece la maestra, Bibina, falta de preparación, pero esforzada; una maestra que anda en galochas por el aula, en la que reina una estufa que calienta las braguetas de los escolares, y en la que estos se organizan para derribar -no digo cómo- una esquina de la edificación, a fin de evitarse las clases.

Dura la descripción de doña Bibina, la única forastera que vive en el lugar, junto con don Verebaldo, el cura.

En la segunda narración se plantea en una tierra sin frutales, en la que las navidades llega un camión valenciano que cambia naranjas por patatas, y donde sendos mozalbetes no resisten la tentación de robar las cerezas de Leontino.

En la tercera, se penetra en la taberna de Armelina, oscura, de paredes desconchadas, donde se lavan los vasos utilizados por los parroquianos en un cubo de agua negra, que no se renueva sino una vez al día.

Porfirio, el marido de Armelina, trajo dineros de Suiza y con ellos se construyó la cantina. Una puerta da directamente a la cuadra, y cuando se abre, penetra en el bar la sinfonía de mugidos de las vacas y se siente el perfume del estiércol.

Mundo de confesiones campesinas en el que se el hombre inicia la andadura diaria envalentonado por el orujo rasposo.

La siguiente historia, retrata los perros, fieles hasta la muerte, valientes como para atacar a una manada de lobos... Una historia en la que asombra el amor mutuo de hombre y perro.

Hay una frase genial, cuando la familia intenta salvar al animal destrozado por las alimañas. No hay dinero para llamar al veterinario... pero hay amor hacia el perro fiel, al que se le da una medicina específica de los humanos: ¡Que más da, todos somos cuerpo!

Historia de perros en un mundo de necesidad, en el que la mujer recrimina al marido que gaste unos duros en lotería: “Nunca toca a los pobres. Solo a los ricos”, dice.

En la quinta historia aparece Miguela la partera, atendiendo a un niño que a modo de chupete degustará pan duro y unas hebras de cecina, un niño al que las gallinas le pican en el pito, ofensa de la que se vengará veinte años más tarde.

La siguiente, nos habla de la inspectora de Educación, que recrimina a la maestra que los niños no canten el himno nacional y no vayan uniformados... unos niños que van con pantalones de mil remiendos y jerseys de mangas encostradas por los mocos.

Hay descripciones magistrales como la del pantalón de Saturio.

Es este un mundo escolar en el que brilla Gaudencio, un pequeño que aprendió a hacer una circunferencia perfecta con el cordón de las botas... una circunferencia desde la que vio a un mundo que iba más allá de los cerros de la aldea.

Es un relato bello, en el que la altivez de la inspectora, que parece bajar de otro mundo, humilla a la maestra del pueblo, que acaba llorando, una humillación que repara con el orgullo de que su discípulo Gaudencio resulte ganador de la beca de 7.000 pesetas que se otorga por la generosidad del Caudillo de España, en el XXV aniversario del año triunfal de la Victoria.

Gracelina es la protagonista de la narración siguiente, un relato de gallinas cluecas y denunciellas asesinas.

Entrañable la historia del robo de manzanas de la tia Quiteria, un robo inútil, en una geografía sin tiempo.

La última historia no es menos entrañable. Es la venganza de dos jóvenes de limitados recursos mentales -Sisino y Elina- a los cuales un guasón les gastó una broma pesada, haciéndoles creer que tenían un tesoro en casa.

Seres entrañables, de nombres rotundos -Gaudencio, Leontino, Rudesindo, Teodorín, Armelinda, Demetria- con un lenguaje en el que perviven las esencias del leonés... y con un alma prístina, transparente y sufrida.

Un lenguaje totalmente nuevo en los libros de Rogelio, en los que suelen abundar las citas cultas y que en esta ocasión tan sólo cayó una vez en la tentación de utilizar aquello del “homo ludens”, justamente en el inicio.

En definitiva:

Un texto rico en léxico, profundo en sentimientos, ameno en contenidos, cargado de emotividad.

Un retablo que es algo más que la descripción de un terruño, porque revela al hombre humilde en su dimensión universal.

Un retablo cuyo valor sobrepasa lo literario para entrar en el campo de los arqueológico y lo sociológico.

En Dismundo, Rogelio Blanco hace es un extraordinario ejercicio de “salvación de la memoria”. Merece la pena que lo lean.

León, 15 de diciembre de 2011

Tomás Alvarez.

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