Tomás Alvarez - Periodista y escritor

Territorio de naufragios

Viaje hacia el confín más sureño de los continentes: el Cabo de Hornos. Un reportaje de Tomás Alvarez, con fotografías de Beatriz Alvarez Sánchez, publicado en la Revista de Diario de León, el 9 de enero de 2011.
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Elefante Marino en bahía Ainsworth. Beatriz Alvarez

Angel, en Punta Arenas. Beatriz Alvarez

Focas en Cabo de Hornos. Beatriz Alvarez

Glaciar Pia, al pie de la cordillera Darwin. Beatriz Alvarez

Imagen de Ushuaia. Beatriz Alvarez

A la altura del paralelo 56, en el confín sureño de América, se alza un cabo que está en la historia mítica de las grandes navegaciones: el Cabo de Hornos.

El primer viajero de Occidente que llegó a este punto fue el marino español Francisco de Hoces, en un navío al que un fuerte temporal convirtió en juguete de las olas. El hecho ocurrió en 1525, y por esto se denomina Mar de Hoces al espacio existente entre el Cabo y la Antártida, territorio de vientos y tempestades llamado también Paso de Drake, en recuerdo a otro marino famoso que surcó estas aguas: Francis Drake.

Esta zona despoblada y aún escasamente conocida, se halla en la punta meridional del continente americano. Es un territorio habitado por la historia y los naufragios, una extremadura de la civilización, un mundo de ausencias donde reina la naturaleza en todo su esplendor: el bosque patagónico, la fauna más sureña del mundo, los magníficos glaciares y las cascadas, semejantes a cabelleras plateadas, que precipitan el agua recién fundida desde las alturas argénteas a la orilla del océano.

Mundo de contrastes. Frente a la mítica bravura del océano al sur del Cabo, los canales de Magallanes y Beagle; frente al espumoso mar embravecido, Los picachos cubiertos de nieve de la cordillera Darwin; frente a la ausencia del hombre, la algarabía de las aves o la ronca voz del elefante marino.

Viajar hacia el extremo sur de América es una experiencia inolvidable, porque es peregrinar hacia uno de los mitos de la navegación; es descubrir el lugar donde luchan con mayor violencia las aguas de los océanos, un ámbito que infundió espanto al ser humano, temor justificado, habida cuenta del trágico balance de naufragios. Se dice que unos 800 navíos han terminado sus singladuras por estas aguas indómitas. El propio Hernando de Magallanes conoció la dentellada de la costa austral en 1520, cuando perdió la nao Santiago, y seis años más tarde por aquí naufragó la Sancti Spiritus de Elcano.

La experiencia, realizada a bordo del Vía Australis, comenzó en Punta Arenas, tras un viaje realizado desde Madrid a Chile a bordo de una aeronave de Iberia.

Punta Arenas está ubicada en un ámbito estepario y ventoso a la orilla del Estrecho de Magallanes. La urbe tuvo antaño –antes de que abriese el Canal de Panamá- un puerto sumamente activo y ahora conserva un aire de vieja ciudad de un Far West frío y doblemente lejano.

En un atardecer de viento helado, el navío toma dirección sur. Horas más tarde, cuando la aurora rompe la negra noche, el viajero se sorprende al vislumbrar la albura de las nieves que cubren montañas que emergen de tierras boscosas, mientras, aquí y allá, asombra la verticalidad de las cascadas, filamentos albinos que caen hacia un mar en calma.

Estamos en el Seno del Almirantazgo, y el barco navega lentamente, como si no quisiera asustar a algunas naves que aparecen, tranquilas, sobre la superficie rugosa del agua. A veces pienso que estamos en un río de incierta corriente.

Bahía Ainsworth

Es primavera. En la bahía Ainsworth, el glaciar Marinelli nos regala sus témpanos de hielo de tonos esmeralda, que pasan ante la mirada tranquila de los elefantes marinos. El macho dominante del grupo controla a sus hembras, ante la visita de un competidor, un macho joven; en tanto que las pequeñas crías, de tono negruzco, se amamantan con fruición.

Cóndores sobrevuelan la zona, tal vez con la esperanza de hincar sus picos corvos sobre el cuerpo inanimado de un pequeño elefante marino, seguramente muerto aplastado por el propio peso de los mayores.

No lejos de Ainsworth, en los islotes Tuckers, cormoranes, gaviotas, tiuques y pingüinos son estrellas de una magnífica teoría de aves, que testimonia la riqueza de este territorio en él asombra la ausencia del hombre.

Porque ese es otro rasgo del viaje. Antaño, Magallanes o Darwin, vieron estas tierras pobladas por indios de diferentes tribus... Hoy todo es un recuerdo. Las focas o los chimangos resistieron la llegada del hombre blanco, pero las tribus más sureñas no resistieron a las nuevas enfermedades, ni a los rifles... Hay también una página oscura en esta historia del sur.

Misioneros interesados en adoctrinar a las tribus, cambiaron los usos tribales. A los indios, que vivían prácticamente desnudos, cubiertos con una capa de grasa de ballena, se les entregaron ropas para cubrir su desnudez y jabón para lavarse. El jabón destrozó su cobertura grasienta y las ropas mojadas, que apenas podían secarse, generaron más enfermedades que calor.

Otro peligro mortal fueron los rifles de los estancieros que llegaron a la zona. Los indios, cazadores de guanacos, de pronto descubrieron que en sus territorios históricos de caza aparecían rebaños de otros herbívoros aún más fáciles de cazar: las ovejas. Y los estancieros utilizaron sus armas para acabar con aquellos predadores. Los recién llegados del Norte no entendieron jamás lo que eran derechos históricos.

Canal de Beagle

El paso por el canal de Beagle es otro momento inolvidable. Las vistas del glaciar Pía resultan espectaculares. Nieva en lo alto, junto a las alturas del pico Darwin, alimentando esa corriente esmeralda que llega al mar. De cuando en cuando se escucha el estruendo de la caída de bloques de hielo al agua... y el corazón se encoge ante el chasquido.

Luego, el navío, avanza hacia el oeste por la llamada Avenida de los Glaciares. Cae la tarde y pasamos ante el glaciar Rumanche, el Alemania, el Francia, el Italia... Buenos momentos para brindar en el bar, con cerveza alemana, champagne francés... o lo que sea.

El capitán de la expedición, Enrique Rauch, anima al viajero a contemplar desde cubierta el impresionante paraje. El frío invita a hacerlo desde detrás del cristal.

La noche llega en medio de un espectáculo de belleza... y en la aurora se vislumbra desde el camarote la silueta del Cabo de Hornos.

Cabo de Hornos

A primera hora de la mañana, el mar está relativamente bonancible y desembarcamos en el cabo, con la ayuda de una magnífica tripulación, no lejos de un roquedo habitado por multitud de focas.

El territorio es desolado. Un barco de la marina chilena ha traído hasta cerca de la orilla una serie de barracones prefabricados que están siendo instalados para su utilización por el ejército del país, a unos centenares de metros del faro, donde vive Patricio, el farero, con su mujer y sus dos hijos. Son estos los seres humanos que habitan de forma estable en el confín más sureño de los continentes.

Patricio explica al viajero que los niños no pueden jugar fuera de la casa porque tradicionalmente el viento es descomunal. “Hoy –dice- sopla con una velocidad de siete nudos, lo habitual es un viento de unos 40 nudos”. Vientos cortantes y fríos que tornan ingrata esta tierra en la que el farero, según afirma, atenúa el fragor de la soledad con la lectura de la Biblia.

Una senda sobre escalones de madera nos permite avanzar hasta el monumento inaugurado en 1992 por una cofradía de amigos de esta zona inhóspita. Desde él, el viajero escruta el mar, y le pregunta por historias de naufragios.

Wulaia, Ushuaia...

De nuevo rumbo al norte, parada en la bahía Wulaia.

Si en el cabo de Hornos la mañana era neblinosa y fría, Wulaia nos presenta su imagen radiante y apacible. El paisaje pareciera más propio de la costa soleada de Mallorca que de la patagónica, si no fuera porque el bosque magallánico de lengas, coigües y canelos, nos sale al encuentro.

El pico que domina la zona es el mismo que se halla en un grabado realizado cuando Darwin visitó estos lugares. Doscientos años después del nacimiento de Darwin, los expertos afirman que esta tierra sureña del continente es la que menos ha cambiado respecto a los días en que fue visitada por el naturalista.

Pero Wulaia nos recuerda también otro nombre y un drama. El nombre de Jimmy Button, nativo de la tribu yagán, recogido en 1830 por los ingleses y llevado con otros indígenas a la Gran Bretaña, para darles educación y reintroducirlos en Wulaia, donde se intentó crear un asentamiento. No sólo no se consiguió el objetivo, sino que el mismo Button participaría, décadas más tarde, en la matanza de ocho hombres que había llegado en el navío Allen Gardiner, para establecer una misión en el lugar. Button quería seguir siendo lo que era, un indio canoero. El espectáculo desde el entorno de Wulaia es impresionante. Mares y tierras parecen jugar caprichosamente para crear belleza. Al fondo, el navío de la compañía Australis aparece como un delicado juguete que nos recuerda la pequeñez del ser humano y sus creaciones en relación con la grandiosidad del paisaje.

El viaje termina en Ushuaia, la ciudad más sureña del mundo. El móvil –después de días inútil- vuelve a tener cobertura. Subo a la cubierta para contemplar la panorámica. Hace frío. Vuelan las gaviotas jugando con el viento. El panorama de la ciudad, abrazada a las laderas de las montañas, es bello; pero mi espíritu añora la grandeza de las soledades. Lo peor de viajes como éste es que tienen un final.

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